viernes, 6 de abril de 2018

María, la Madre del cielo


Por mucho tiempo hemos oído decir que nosotros los cristianos tenemos dos madres: nuestra madre biológica y María, la madre de Jesucristo.

Podemos decir esto memorando el momento en que Jesús nos la dejó, diciendo: “Madre he ahí a tu hijo” y refiriéndose a Juan: “He ahí a tu madre” (Jn 19, 26-27). Es de esta forma en que, de manera simbólica y muy especial, Jesús nos ofrece uno de los mayores tesoros de la fe, su madre.

Con esto María pasa a ser madre, más que de nosotros como hombres y mujeres, de la obra salvadora de Dios.

Mamá María es, entre otras cosas, uno de los ejes fundamentales en el camino de la conversión. Es ella el ejemplo que nosotros, especialmente por ser parte de una comunidad mariana, tenemos para madurar en la fe. Ella como ejemplo de obediencia, pureza, humildad y sencillez nos marca, desde su silencio de madre, las pautas para avanzar en el camino a la santidad. Con ella como fiel aliada, la dignidad de hijos e hijas de Dios que tenemos nos eleva al encuentro con el Padre.

Acogerse al amor que María tiene para nosotros, es tomarle la mano y no estar dispuestos a soltarse. Es tomarle la mano con la convicción de encontrarnos con Jesús.

Una de las formas con que María nos ayuda en la ardua lucha por conseguir la salvación, es el Rosario. Con esta bien llamada “arma” podemos combatir al mal. El Santo Rosario nos permite repasar, de la mano de la madre, los pasajes de la pasión muerte y resurrección de Jesucristo para interiorizarlos y sellarlos en el corazón, justo como ella nos enseña. (Lc 2, 19)

Termino esta nota invitándolos a recordar las bodas de Caná, en donde María, la llena de gracia, se dirige a los sirvientes. Lo único que les dice es: “Hagan lo que Él les diga” (Jn 2,5). Este consejo, como los que mamá nos da en casa, es de esos que uno no puede negarse a recibir y seguir.

/JF

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